La vida sexual de los guepardos

Los guepardos, macho y hembra, duermen luego de aparearse. Su sueño es tan profundo que uno puede acercarse a ellos sin mayor cuidado e incluso acariciar su apreciada piel.

Eso es lo que recordaba haber escuchado de mi mujer antes de quedarme dormido. Lo último que ella me dijo por la mañana antes de salir de casa fue que cuando había intentado mostrarme la foto en la que los autores del artículo posaban sonrientes junto a la exhausta pareja de felinos, descubrió que, como solía suceder, yo ya estaba –como un engreído gato gordo– ronroneando, feliz y desvergonzado. Luego de que ella partiera, hojeé la edición del National Geographic, y decidí que era hora de cambiar definitivamente mi vida. Después de todo, esa no era la primera lectura ni el primer intento de mi mujer para llamarme la atención por aquel desconsiderado hábito que yo atribuía a la fatiga luego de una intensa actividad física… como le debe suceder a los guepardos.

Quizás debo aclarar algo para que no piensen que soy el típico marido machista y desatento, que prefiere dormir en lugar de quedarse viendo y escuchando a una mujer a) aburrida, b) vieja, c) gorda o d) todas las anteriores. No, para nada. Mi mujer es hermosa. Y no es que sea pretencioso. A sus casi treinta años sigue siendo modelo de lencería y estoy seguro es el objeto de deseo de muchísima gente –frase que a ella le encanta repetir, pues es ferviente seguidora de Freud, Lacan, René Girard y del psicoanálisis en general. Es más, quizás sea ella el modelo de cuerpo femenino que tienen en mente todos los adolescentes, jóvenes y adultos de las ciudades más importantes del mundo, que ven cada día su torso esbelto y perfecto en la televisión y en paneles publicitarios. Y eso en cierto modo me enorgullece. Nadie sabe que es ella –quien curiosamente adora los vestidos amplios y la ropa deportiva— la dueña de esos senos pequeños pero firmes, de esa cintura perfecta y de ese estómago plano coronado con un ombligo delicioso. O bueno, lo sabemos ella, yo, y algunos cuantos diseñadores, fotógrafos y dueños de las firmas publicitarias más importantes del mundo.

Fue así como la conocí un día –o mejor dicho, una noche— mientras yo asistía desganado a una invitación más de la compañía que maneja la publicidad de mis empresas, que aquella vez había tenido la única idea realmente buena que les conozco en casi veinte años: invitar también a algunos y algunas de sus principales modelos al cóctel de celebración de fin de año. En aquella ocasión ella vestía curiosamente un hermoso vestido aleopardado que seguramente se hubiera visto espantoso en el 99,9999% de mujeres del mundo (no es una exageración tampoco, he hecho mis cálculos), pero que a ella la convertía en la más genuina belleza felina del mundo. Desde que la vi supe que tenía que conocerla, hablarle y hacerla mi esposa. Y bueno, además cuando hablamos me dijo que odiaba ponerse esos vestidos y aparecer como una modelito más cuando a ella lo que le gustaba era viajar, leer y su trabajo como psicóloga.

Porque mi mujer es además inteligentísima. Su familia, por ejemplo, no tiene idea que ella se dedica al modelaje para hacer un poco –bueno, un mucho en realidad— de dinero extra. Ellos solo conocen su lado intelectual, su brillante vida estudiantil, su carrera de psicología, su cariño por su profesión y por sus pacientes. Y bueno, también ese extraño apasionamiento por la psiquiatría, el psicoanálisis, la psicoterapia y casi todo lo que comience con el prefijo “psico”, desde la psicodelia hasta los psicosociales; esa obsesión parece absurda, pero a mí me permitió conquistarla, una vez que luego de mucho tiempo, esfuerzo y dinero invertido, pude regalarle aquella hermosa pintura que se cree perdida de Courbet, Venus y Psique. Ese fue, me dijo ella, la mayor muestra de amor y compromiso que le podía dar, lo que me ahorró en cierto modo la pedida de mano, aquel ritual al que le había huido toda mi vida y que ambos consideramos primitivo y vergonzante. Pero en fin, eso es ya otra historia.

En resumen, pues, quizás no debería ser uno de tantos hombres que se queda dormido apenas después de un encuentro con su mujer. Ella es sin duda una especie en extinción, como los mismos guepardos. Y no solo por su belleza y su trabajo. Mi esposa es encantadora y se complace en compartir conmigo sus intereses intelectuales. Además sabe contar historias divertidas, me comenta sobre sus investigaciones de arte y psicología, detalla graciosamente las sesiones con sus pacientes (lo que no debería comentar, pues es parte de su secreto profesional). A veces hasta me cuenta algunas pequeñas cosas personales e íntimas de lo que sucede en su propia terapia con el que dice que es el mejor psiquiatra del mundo – algo que no se puede gritar a los cuatro vientos.

Estoy totalmente enamorado. No es necesario explicarlo más, creo. Mi mujer es casi mi ídolo… mi religión. Nuestro noviazgo fue corto e intenso y nuestro matrimonio majestuoso. Y yo vivo enteramente para ella, para tratar de satisfacer sus caprichos y sus gustos más excéntricos. Me divierto así, pues mi mujer es mi orgullo. Después de tantos años dedicados a desperdiciar mi tiempo trabajando para hacer que mi corporación sea la más grande del mundo, ella me dio una nueva razón para distraerme, para volver a gozar de la vida. Y por eso decidí que la situación no podía continuar. Yo que podía hacer todo por ella, me quedaba dormido apenas después de unos instantes de pasión. La diferencia de edad tampoco es tan grande como para justificarme. Yo estoy en buena condición física, y después de todo yo creo en ese tango que dice que veinte años no es nada, que ella, por supuesto, me enseñó y me dedicó en una de las cenas en nuestra luna de miel en Seychelles. Pero lo mío parecía inevitable. Vas a ver que no me duermo - le dije no hace mucho, luego de celebrar nuestro primer aniversario de matrimonio. Y nada. Apenas diez minutos después de terminar de hacer el amor, y pese a que hice mi mejor esfuerzo para conversar, para acariciarla tiernamente, para mantener mi mirada fija en sus intensos ojos azules, ¡paf!, era ya una roca, un pedazo de carne muelle al lado de una mujer… qué digo de una mujer, de una diosa.

Decidí por eso acudir inmediatamente al mejor médico de la ciudad; necesitaba que me recete alguna manera de subir mis niveles de prolactina. Porque la prolactina, eso lo sé por una de las primeras lecturas científicas nocturnas de mi mujer, es la hormona que los hombres perdemos en altas cantidades con el orgasmo. El médico me atendió de inmediato, gracias a una bonificación extra que le prometí y me hizo un chequeo general que confirmó que salvo un leve exceso de peso mi condición física era buena. Me explicó también cómo en algunos casos, efectivamente se puede estimular la producción de prolactina, la hormona que –estaba yo en lo cierto— perdemos con el orgasmo y causa la fatiga natural del hombre luego de una relación sexual. Me propuso por eso un tratamiento que podría ser considerado de largo plazo —con pastillas y ejercicio— pero le expliqué que lo mío era urgente, que quería demostrarle a mi mujer aquella misma noche lo que podía hacer por ella. Y fue así que me propuso un método poco convencional –aunque eficiente, me aseguró— para el que tendría que esperar un día. Unas horas, propuse entonces con mi tarjeta de crédito en la mano, y me dijo que okey, que volviera aquella misma noche a las siete para un tratamiento de shock. Salí un rato a la calle –tenía unas cuantas horas para pasear antes de volver– y quien me recibió al cruzar la puerta del edificio donde estaba el consultorio de mi médico, fue mi mujer. Un inmenso panel publicitario de ropa íntima femenina ocupaba casi todo mi espacio visual, y no puedo negar que sonreí –una mueca tonta o lasciva, o quizás ambas– y me sentí el hombre más feliz de la tierra.

Cuando regresé a mi cita, luego de haberle comprado unas cuantas joyas a mi mujer, el doctor me esperaba con una mujer con el rostro cubierto y con un recién nacido en brazos. Reconozco que disfruté del poco convencional tratamiento: succionar la leche de aquella nueva madre para absorber la mayor cantidad posible de prolactina. Me sentí como un recién nacido chupando la leche de aquellos senos generosos y sin rostro. Luego de un rato de lactar, me debo haber quedado adormilado como un bebé, pero al despertar recuperé la fuerza y me sentí un hombre nuevo. Aquella desconocida samaritana se fue con unos cuantos miles de dólares que le di gustoso, y yo ya estaba listo, ansioso por mostrarle a mi mujer mi nueva fortaleza. A ella además seguramente le interesaría saber más de la parte psicoanalítica del tratamiento, la vuelta a la lactancia, no sé.

Luego de agradecerle al doctor, salí casi corriendo hasta donde me esperaba el Bentley con mi chofer, no sin antes dar una mirada al panel donde estaba mi mujer en su versión amplificada. En el camino urdí el siguiente plan: nos iríamos de vacaciones a Maldivas por un tiempo –con una buena provisión de leche materna, eso sí. Allí no dejaríamos de hablar y de hacer el amor jamás. Luego le propondría tener un hijo con quien compartir su leche, y así ser común e inmensamente felices. No podía esperar para entrar a casa, cargarla, desnudarla y llevarla a nuestro jacuzzi, que ya había previsto nos lo llenaran de champagne.

Entré corriendo mientras gritaba su nombre, pero era claro que ella no estaba en casa. Miré por la ventana hacia el jardín donde normalmente debía estar su Aston Martin; nada. Entonces tuve un presentimiento que me heló la sangre. Fui a nuestro cuarto y no encontré nada suyo. Su ropa, sus zapatos, sus vestidos, sus joyas. Todo había desaparecido. Sobre la cama estaba la misma edición antes ignorada del National Geographic, esta vez con una marca en ella. Leí con tensión aquella breve, explícita y desoladora frase resaltada por mi mujer.

Mientras el sueño del macho luego del apareamiento puede extenderse por varias horas, el de la hembra dura apenas lo suficiente para que su apetito sexual se incremente y vaya en busca de un nuevo guepardo suficientemente despierto.Después de todo, en esta especie que practica la poligamia, son las hembras las que tienen el control sobre la frecuencia e intensidad de la cópula en el grupo.

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Nahoru